martes, 13 de abril de 2010

El descubrimiento del inconciente.

Un segundo pensador del siglo XIX que cambió de manera radical la forma de concebir al ser humano fue el médico austríaco Sigmund Freud (se lee froid y vivió entre 1856 y 1939). Antes de él se tenía por bien aceptado que toda persona era plenamente consciente de las causas y propósitos de su conducta. O dicho en otras palabras, que nada sucedía en la psique de alguien sin que uno se diera total cuenta de ello y en consecuencia lo pudiera controlar.
Como ejemplo de esta convicción recordemos que Kant planteaba que el ser humano como ser racional era inevitablemente autónomo y libre, y siempre podía definir a su conducta motivaciones objetivas, racionales y por lo tanto con posibilidades de ser universalmente válidas en la forma del imperativo categórico.
Freud cambió completamente esta idea cuando planteó la existencia del inconsciente, y lo hizo con herramientas similares a las de Kant: los modelos de las ciencias, que ya para la segunda mitad del siglo XIX eran mucho más experimentales de lo que habían sido en tiempo de Kant. Freud, como médico, se interesó en la histeria y los sueños, y por allí llegó a la observación de otras alteraciones de la conducta, sobre las cuales basó sus posteriores teorías.

La estructura de la psique
El inconsciente
Para Freud la personalidad de un individuo era el resultado de varios factores: cultura, educación, instintos, razón, medio ambiente, condiciones físicas entre otros. Muchos de estos factores influyen en nuestros actos sin que nos demos cuenta; es decir, influyen de manera inconsciente. Por ejemplo, explicamos nues¬tros actos con razones aceptables, cuando en verdad pueden tener motivaciones eróticas o egocéntricas. Otro ejemplo es cuando adscribimos a otros intenciones que realmente son nuestras.
Veamos cómo funciona la psique influida por el inconsciente.
las instancias psíquicas
Analizando la conducta humana, Freud encontró que los factores que la impulsan son de tres tipos: los originados en lo físico, lo instintivo, lo natural; los originados en la razón y la conciencia; y los originados en la cultura (religión, ética, concepción del mundo, valores sociales predominantes).
A partir de estas observaciones planteó un modelo de estructura del sistema psíquico compuesto por tres instancias psicológicas: el Ello, el Yo y el Superyó. Se llaman instancias porque se conciben como los “lugares” de la mente (pero no del cerebro) donde suceden distintas cosas.

El Ello
De base, la energía que mueve toda la psiquis del individuo está en el Ello y se llama líbido. En un principio Freud la identificó con la energía sexual, pero posteriormente sus seguidores la definieron más ampliamente como un principio de conservación. La líbido busca siempre la satisfacción inmediata y total de las necesidades e instintos del individuo, sin consideración alguna a la moral, la conveniencia o la racionalidad de los actos. El Ello actúa fundamentalmente por un principio de placer. Sin embargo, como este tipo de conductas serían personalmente autodestructivas y socialmente imposibles de llevar a cabo, se hace necesaria
la existencia de otra instancia: el Superyó.

El Superyó
A medida que el niño se desarrolla y madura, su energía libidinal se ve controlada y moldeada por las normas sociales, morales y de conducta que su sociedad le va imponiendo. Estas limitaciones se ubican en el Superyó, quien tiene la función de inhibir o modificar los impulsos instintivos del Ello. En el Superyó se ubican las formas como han penetrado en el individuo la cultura, la moral, las creencias religiosas, la concepción de
sociedad en que vive, las nociones sobre deberes y derechos, etc. Aquí se ubica también la imagen positiva que la persona tiene de sí misma: el yo ideal. El Superyó actúa por un principio de deber.

El Yo
El Yo es la instancia de la psiquis que entra en contacto con el entorno social y ambiental, por lo que se ve obligado a actuar sobre un principio de realidad. En esa posición tiene la delicada tarea de buscar la satisfacción de las demandas del Ello dentro de las posibilidades que realmente le ofrezca la realidad y porsupuesto, dentro de las condiciones (morales, culturales, sociales, etc.) que le permite u obliga el Superyó. Nuestra personalidad, entendida como el conjunto de características de conducta que mostramos ante los demás, tiene asiento en el Yo, por no decir que es él mismo. La construcción de ese Yo la llamó Jung -un importante discípulo de Freud-proceso de individuación, y en buena medida podemos dirigirlo por nosotros mismos, buscando ser cada día mejores y más conscientes de las realidades que nos rodean.

La cultura como regulación del individuo. Eros y Tánatos. 

Vemos cómo fa cultura es un factor fundamental en las relaciones entre el Ello, el Yo y el Superyó. Pero ¿cómo se originó esa cultura? Para responder tal pregunta, Freud se basó en las investigaciones antropológicas realizadas en su época. Apoyado en ellas, retrocedió imaginariamente en el tiempo hasta llegar a una hipotética horda primitiva en la que un macho dominante se imponía sobre los demás varones acaparando los privilegios y las mujeres -por lo cual era el padre de todos-. Con el objetivo de mantener la unión de la comunidad este padre tiránico establecía diversas prohibiciones y obligaciones que todos debían cumplir para satisfacer las necesidades grupales, pero dentro de las conveniencias de su poder.

Cuando los hijos vieron una ocasión propicia, decidieron rebelarse, asesinar al padre y asumir el mando. Muerto el padre, los hijos presentaron sentimientos ambivalentes de amor y añoranza de un lado, y odio y resentimiento del otro. Los sentimientos de culpa les llevaron a restablecer las prohibiciones que el padre había instituido y a promover nuevas leyes que sustituyeran los impulsos egoístas en beneficio de la sociedad. Tratando de superar los remordimientos prohibieron el parricidio, y para evitar las luchas fraticidas por las mujeres, establecieron la exogamia, es decir, la obligación de casarse solamente con mujeres de hordas diferentes a la propia.
La cultura entonces, según Freud, apareció por la necesidad de controlar los impulsos naturales de las personas, que en estado primitivo llegan a causar el parricidio y el incesto.

Fuerzas motivadoras de la conducta. Eros y Tánatos.

Cuando los hijos empezaron a tener sentimientos ambivalentes ante el asesinato de su padre, estaban siendo impulsados por las dos fuerzas fundamentales que Freud identificó como motor de la conducta de toda persona: Eros y Tánatos. Eros era el dios griego del amor y la sexualidad, y con su nombre llamó Freud a la pulsión de vida, responsable de todas las acciones individuales que buscan la preservación del individuo y al tiempo de la cultura.
Del otro lado está Tánatos, nombre del dios griego de la muerte, que es la pulsión que nos lleva a la destrucción del otro para acrecentar nuestro poder o eliminar la rivalidad; se expresa en la ira, el odio, la agresión, a la vez que en la insatisfacción o represión de los deseos vitales.
Veamos cómo el origen y desarrollo de la cultura requiere del desarrollo enfrentado y equilibrado de estas dos fuerzas: por un lado la pulsión de Eros nos llevó a aliarnos con los demás como una estrategia de supervivencia y apareamiento. Pero del otro, la creación de la cultura fue también una estrategia para satisfacer nuestros deseos de poder y dominio, es decir, las nacidas por la pulsión de Tánatos.

Al mismo tiempo, la cultura debió reprimir a Eros -lo que es una de las funciones de Tánatos- pues la satisfacción inmediata de nuestros deseos individuales de placer causaría el enfrentamiento con los demás y la disolución de la incipiente y aún muy simple sociedad. Otro tanto debía suceder con nuestras pulsiones de Tánatos, es decir, con las tendencias al canibalismo, al asesinato por conveniencia, a la destrucción de otro para apropiarme de sus pertenencias.
Observemos entonces que el equilibrio se da por el enfrentamiento entre lo que deseamos naturalmente y lo que realmente podemos lograr. Freud identificó aquí la existencia de dos principios reguladores de las pulsiones: el de placer y el de realidad, ya mencionados paginas atrás al caracterizar el Ello y el Yo.